¿Quién inventó la Aspirina?

En la antigüedad los curanderos trataban la fiebre con un polvo hecho con la corteza del sauce blanco. Esta práctica era tan antigua que hasta Hipócrates, el famoso médico griego del siglo V, era utilizaba comúnmente esta sustancia.

Con el avance en la química, los científicos pudieron descubrir que la corteza del sauce contenía un compuesto salicílico cuyo único problema era que podía promover úlceras gástricas y sangrado estomacal. Las investigaciones para evitar estos efectos secundarios fueron muchas hasta que, en 1853, el francés Charles Frederick von Gerhardt pudo sintetizar el ácido acetilsalicílico en su laboratorio en la Universidad de Montpellier.

Desgraciadamente (para él) el químico no vio mucho mayor beneficio en su descubrimiento que en el compuesto previo y ahí dejó sus investigaciones. Fue hasta 1893 cuando el químico alemán Felix Hoffman se topó con el ácido cuando buscaba una solución para la artritis de su padre, para su sorpresa el consumo del compuesto disminuyó significativamente los síntomas y el dolor.

En los laboratorios de Bayer, en Düsseldorf, donde trabajaba Hoffman se dieron cuenta de que habían llegado a algo importante, mejoraron el proceso y lograron producir el compuesto a partir de la planta Spiraea ulmaria. De ella tomaron parte del nombre, empezaron con la “a” de acetil, “spir” de la planta y finalmente “in” (o “ina” dependiendo del idioma) que es un sufijo muy común en las medicinas.

La aspirina se vendió por primera vez como polvo en 1899 y rápidamente se convirtió en la medicina más recetada en todo el mundo. 16 años después, en 1915, se ofrecieron las primeras tabletas.

El laboratorio Bayer era dueño del nombre hasta el término de la Primera Guerra Mundial, cuando en el Tratado de Versalles, en Junio de 1919, Alemania entregó el nombre a Francia, Inglaterra, Estados Unidos y Rusia. Durante los siguientes dos años los laboratorios de estos países se pelearon por el uso del nombre, hasta que en un juicio, el juez Learned Hand, declaró que ya que el compuesto era conocido universalmente como aspirina, ningún productor podría ser dueño del nombre o podría obtener regalías por el uso del mismo.

A partir de ese momento, cualquier laboratorio pudo crear sus propias tabletas y venderlas como aspirina, llevándolas a  miles de millones de personas alrededor del mundo.

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