El shampoo es un gran enemigo de los ojos, tan solo una gota puede causar ardor, irritación y malestar durante un buen rato. ¿Por qué sucede esto?

Miles de años de evolución nos llevaron a tener ojos húmedos que utilizan este medio para llevar nutrientes a las células superficiales, eliminar impurezas y mantener la imagen que llega a a retina lo más clara posible. Si estuvieran secos no sólo no llegarían los nutrientes a las células superficiales, sino que también el globo ocular se arrugaría causando un desprendimiento de células que nos impediría ver bien.

Esta misma humedad también es un punto de entrada para bacterias, polvo y contaminantes. Afortunadamente, el cuerpo está preparado para eliminar estas impurezas por medio del reflejo parpadeante y las lágrimas, pero para poder ser efectivo tiene que ser capaz de identificar el peligro. Los responsables de hacerlo son los nervios lagrimal y cigomático que se encuentran atrás de la cornea y son muy sensibles a las variaciones de ambiente, particularmente a los cambios del pH.

El pH (potencial de hidrógeno) del ojo y sus lágrimas es totalmente neutro, mientras que el del shampoo o jabón es ligeramente ácido ya que los elementos alcalinos pueden dañar la queratina del pelo. Cuando una gota de shampoo (o champú) entra al ojo se altera el pH y los nervios mandan la señal de incrementar la producción de lágrimas a través del ardor que todos nosotros conocemos. Por eso, cuando enjuagamos el ojo en la regadera se restablece el balance (el agua también tiene un pH neutro) y cesa el ardor.

En el caso de los shampoos para bebés son más diluidos y su pH es mucho más neutro, por eso, a pesar de que entre al ojo, no causa las mismas molestias que los de adultos aunque su efectividad para limpiar es inferior, pero creo que en este caso es mejor tener que tallar un poco más fuerte la cabeza del bebé que tenerlo llorando porque le entró jabón a los ojos.